Bruja Escarlata y Visión

Cuando en enero de 2021 se estrenó WandaVision, muchos espectadores no sabíamos exactamente qué esperar, reconozco que la puse un par de veces durante 5 minutos y la quité como diciendo «¿pero qué cojones es esto?». Tras más de una década de películas interconectadas, el Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) iniciaba una nueva etapa a través de Disney+, apostando por un formato diferente: una serie que mezclaba el lenguaje de las clásicas comedias de situación estadounidenses con una historia de duelo, pérdida, identidad y poder.

Lo que comenzó como una aparente comedia en blanco y negro protagonizada por Wanda Maximoff y Visión terminó convirtiéndose en una de las producciones más ambiciosas de Marvel Studios. La serie no solo expandió el universo narrativo de los personajes, al menos de Wanda en concreto, sino que también demostró que el género de superhéroes podía explorar temas psicológicos profundos sin renunciar al espectáculo.

Más allá de sus referencias a décadas de televisión, WandaVision se convirtió en una reflexión sobre cómo afrontamos el dolor, cómo construimos realidades para escapar del sufrimiento y qué significa realmente dejar marchar a quienes amamos.


Para comprender la importancia de la serie es necesario recordar los acontecimientos que precedieron a su estreno.

Wanda Maximoff apareció por primera vez en el UCM durante la fase final de la llamada Saga del Infinito. Junto a su hermano Pietro, fue presentada como una joven marcada por la guerra, la pérdida y la manipulación.

Desde sus primeras apariciones, Wanda destacó por poseer habilidades extraordinarias relacionadas con la telequinesis, la manipulación mental y la energía mística. Sin embargo, detrás de ese inmenso poder se escondía un personaje profundamente vulnerable.

Su historia estuvo marcada por pérdidas constantes:

  • La muerte de sus padres.
  • La muerte de su hermano Pietro.
  • La destrucción de Sokovia.
  • La persecución política tras los Acuerdos de Sokovia.
  • La muerte de Visión.
  • El chasquido de Thanos.
  • El regreso a un mundo donde todo había cambiado.

Cuando los espectadores nos reencontramos con Wanda al inicio de WandaVision, estábamos observando a una mujer que había soportado más sufrimiento que prácticamente cualquier otro héroe del UCM.


Desde su primer episodio, la serie sorprendió por su estructura.

En lugar de comenzar con grandes batallas o escenas espectaculares, los espectadores fuimos transportados a una sitcom de los años cincuenta.

La estética recordaba a clásicos de la televisión estadounidense:

  • Decorados sencillos.
  • Risas enlatadas.
  • Historias domésticas.
  • Humor blanco.
  • Episodios autoconclusivos.

Durante varios capítulos, Marvel evitó explicar claramente qué estaba ocurriendo, lo cual me irritaba bastante.

Cada semana aparecían nuevas preguntas:

  • ¿Dónde estaban Wanda y Visión?
  • ¿Por qué Visión seguía vivo?
  • ¿Quién controlaba aquella realidad?
  • ¿Era todo una ilusión?
  • ¿Qué significaban las interferencias y anomalías?

Uno de los aspectos más originales de WandaVision fue su homenaje a la historia de la televisión.

Cada episodio recreaba una época diferente.

Los años 50’s

La serie comenzó inspirándose en producciones clásicas como The Dick Van Dyke Show.

El blanco y negro, los decorados y el humor visual nos transportaban a los orígenes de la televisión moderna.

Los años 60’s

Posteriormente aparecieron influencias de series como Bewitched, donde los elementos mágicos se integraban en la vida cotidiana.

La conexión era especialmente evidente, ya que Wanda ocultaba sus poderes para intentar vivir una vida aparentemente normal.

Los años 70’s

La fotografía cambió, llegaron los colores más cálidos y las historias familiares ganaron protagonismo.

Los años 80’s

La serie adoptó una estética más cercana a las sitcoms familiares que dominaron la televisión durante aquella década.

Los años 90’s y 2000

La producción incorporó recursos documentales, entrevistas a cámara y estilos visuales inspirados en series modernas como Modern Family o The Office.

Este viaje por la historia televisiva no era un simple ejercicio estético.

Representaba la construcción de una fantasía idealizada creada por Wanda.


La verdadera historia de WandaVision no trata sobre superhéroes.

Trata sobre el duelo.

Durante gran parte de la serie observamos cómo Wanda intenta escapar de una realidad insoportable.

Visión ha muerto.

Su hogar nunca llegó a existir.

Su futuro desapareció.

Ante un sufrimiento imposible de asumir, Wanda crea inconscientemente una realidad alternativa donde todo parece perfecto.

En Westview:

  • Tiene una casa.
  • Tiene una familia.
  • Tiene hijos.
  • Tiene vecinos.
  • Tiene una vida tranquila.

Todo aquello que había perdido existe de nuevo.

Sin embargo, la ilusión tiene un precio. Wanda debe enfrentarse a una verdad dolorosa:

No puede construir una felicidad auténtica sobre una mentira.


Uno de los mayores logros de la serie fue profundizar en el personaje de Visión.

Hasta entonces, muchos espectadores lo percibían principalmente como un héroe secundario.

WandaVision permitió explorar aspectos más humanos de su personalidad.

Visión representa:

  • La empatía.
  • La lógica equilibrada por la compasión.
  • La búsqueda de identidad.
  • La capacidad de comprender a los demás.

Su reflexión sobre el duelo es uno de los momentos más emotivos de toda la serie:

«¿Qué es el duelo, sino el amor perseverando?»

Esta frase resume el corazón emocional de WandaVision.

El dolor existe porque existió el amor.

La pérdida duele porque aquello que se pierde era importante.


Descubrimos que los habitantes de Westview no participan voluntariamente en la fantasía de Wanda.

Miles de personas permanecen atrapadas dentro de una realidad artificial.

Aunque exteriormente parecen felices, en realidad están sufriendo.

Este descubrimiento introduce uno de los dilemas morales más interesantes.

Wanda no es una villana tradicional.

No busca dominar el mundo.

No pretende enriquecerse.

No desea destruir nada.

Simplemente quiere dejar de sufrir.

Sin embargo, sus acciones causan dolor a otros.

Se plantea una pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto el sufrimiento personal puede justificar el daño causado a terceros?


Uno de los personajes más importantes de la serie fue Monica Rambeau.

Su presencia aportó una perspectiva diferente sobre Wanda.

Mientras otros personajes la veían únicamente como una amenaza, Monica comprendía el origen de su dolor.

Ella también había sufrido pérdidas.

También conocía el vacío que deja la muerte de un ser querido.

Por ello fue capaz de acercarse a Wanda desde la empatía.

Su papel demuestra que comprender a alguien no significa justificar sus actos, pero sí permite encontrar caminos diferentes a la confrontación.


Agatha aparece como una vecina aparentemente inofensiva.

Poco a poco descubrimos que conoce mucho más de lo que aparenta.

La revelación de su verdadera identidad es uno de los momentos más reveladores.


Uno de los acontecimientos más importantes de la serie es la transformación definitiva de Wanda.

Hasta entonces, sus poderes eran resultado de experimentos relacionados con la Gema de la Mente.

WandaVision reveló que existía algo mucho más profundo.

Wanda poseía una conexión innata con fuerzas mágicas extraordinarias.

La serie confirmó su identidad como la Bruja Escarlata, de la cual le informó Agatha.

Este momento supuso un cambio fundamental para el personaje.

Ya no era únicamente una superheroína con poderes extraordinarios.

Se convertía en una figura legendaria dentro de la mitología mágica de Marvel.


El desenlace de la serie gira alrededor de una idea fundamental:

Aceptar la pérdida.

Wanda comprende finalmente que no puede retener aquello que ya no existe.

Debe dejar marchar a Visión.

Debe despedirse de sus hijos.

Debe derribar el mundo perfecto que ha construido.

Esta decisión constituye el auténtico acto heroico de la serie.

No se trata de vencer a un enemigo.

Se trata de enfrentarse a una verdad insoportable y aceptarla.


Bajo mi humilde opinión, es una de las mejores narrativas de Marvel en mucho tiempo.

Desde una perspectiva psicológica, WandaVision puede interpretarse como una representación de las distintas fases del duelo.

La negación aparece en la creación de Westview.

La ira se manifiesta en la defensa obsesiva de esa realidad.

La negociación surge cuando intenta mantener su mundo perfecto.

La tristeza impregna gran parte de la serie.

Esta lectura explica por qué tantas personas conectamos emocionalmente con la historia.

Aunque el contexto es fantástico, los sentimientos representados son profundamente humanos.


“Ataque de pánico”: un nombre que se queda corto para lo que realmente se vive

Hay palabras que no alcanzan.

Ataque de pánico” es una de ellas.

Suena a algo puntual. A algo que llega, golpea y se va. A una reacción intensa, sí, pero pasajera. Como si bastara con apartarse, respirar hondo y esperar a que todo vuelva a su sitio.

Pero no es así.

No para quien lo vive.

Cuando ocurre, no avisa.

Aparece de repente, sin pedir permiso, sin contexto aparente. Aunque, cuando ya lo has vivido varias veces, lo reconoces al instante. Sabes lo que viene… y aun así no puedes evitarlo.

Y no, no es solo “miedo”.

Es algo más profundo, más físico, más devastador.

El cuerpo empieza a cerrarse:

  • La respiración se bloquea
  • El pecho se tensa
  • Los escalofríos recorren cada rincón
  • Tragar cuesta
  • Hablar se vuelve difícil
  • Moverse… pesado, casi imposible

Es como si el cuerpo dejara de pertenecerte.

Como si alguien hubiera pulsado un interruptor y te hubiera dejado en modo “standby”, consciente de todo, pero incapaz de responder como antes.

Desde fuera, muchas veces no se nota.

Porque mientras todo eso ocurre, hay una parte de ti que sigue funcionando. Que se levanta. Que responde. Que hace lo mínimo necesario.

Por inercia.

Por costumbre.

Por supervivencia.

Pero cada acción cuesta. Todo pesa.

Como si para hacer algo tan simple como llevar un vaso a la cocina tuvieras que recorrer kilómetros.

Y mientras tanto, tu mente repite:

“Venga… reacciona… ya se pasará…”

Y sí, pasa.

Pero no siempre rápido.

A veces tarda demasiado.
A veces no termina de irse del todo.
A veces se encadenan unos con otros.

Y ahí es donde empieza el verdadero desgaste.

Aprendes a disimular.

A que no se note demasiado.

A seguir adelante aunque por dentro estés completamente roto.

¿Para qué?

Para evitar miradas raras.
Para no tener que explicar lo inexplicable.
Para que no te juzguen.
Para que no piensen que exageras.
Para que no te llamen loco.

Porque la realidad es esta:

Quien no lo vive, difícilmente lo entiende.

Y no siempre por falta de capacidad… muchas veces por falta de voluntad.

Entender esto implica incomodarse, escuchar, empatizar… y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.

Durante mucho tiempo, se ha etiquetado este tipo de experiencias desde el miedo.

Como si sentir así fuera sinónimo de estar “mal de la cabeza”.

Pero no.

No estamos locos.

Estamos heridos.

Rotos en alguna parte que no siempre se ve.

Y eso cambia completamente la perspectiva.

Porque una herida no se juzga.
Se cuida.
Se respeta.
Se acompaña.

Cuando el dolor es demasiado intenso, el cuerpo y la mente buscan protegerse.

Y ahí aparece la desconexión.

La disociación.

Ese estado extraño en el que parece que no estás del todo presente. Como si observaras tu propia vida desde fuera.

No es debilidad.

Es supervivencia.

Es la forma que tiene tu sistema de decir:

“Esto es demasiado. Vamos a bajar la intensidad.”

Hay algo que casi nadie dice:

A veces, parar es necesario.

Aunque te digan que no.
Aunque parezca que retrocedes.
Aunque el mundo siga girando a otra velocidad.

Parar no es rendirse.

Es recuperarte.

Es darte el espacio que necesitas para volver a reconstruirte, aunque sea poco a poco.

Y sí, luego vuelves.

Siempre se vuelve.

Da igual cuánto tardes.

Si estás viviendo algo parecido…

Si te reconoces en estas palabras…

Escucha esto:

No estás loco.
No eres raro.
No eres un problema.
No eres un descarte.

Simplemente estás pasando por algo que muchos no entienden.

Y eso no te define.

Es duro.

Muy duro.

Pero también es cierto que dentro de todo esto hay algo que no se rompe:

Tu capacidad de seguir adelante.

A tu ritmo.
A tu manera.
Con tus pausas.

Así que si lo necesitas…

Para.

Respira como puedas.

Recupérate como sepas.

Y cuando estés listo…

Vuelve.

Tormenta

Hay días —cada vez más frecuentes— en los que todo se inunda.

No es una lluvia visible, ni un desbordamiento que pudiera medirse en litros o contenerse con muros. Era otra cosa. Una inundación silenciosa, densa, que empezaba en el pecho y se extiende lentamente hasta cubrirlo todo. En esos días, las palabras dejan de existir. No es que no quiera hablar… es que no pueden salir. Se quedan atrapadas en la garganta como si alguien las hubiese sellado desde dentro.

Sigue allí. Su cuerpo seguía funcionando, caminando, respirando, respondiendo cuando era necesario. Pero mi alma… mi alma está rota. Tan profundamente rota que cualquier intento de articular una emoción la hace crujir aún más. Es como intentar moverse con huesos hechos de cristal.

Y duele. Duele de una forma que no tenía nombre.

Intentar vivir es romperse. Intentar sentir es romperse. Intentar avanzar… es romperse.

—Menuda puta mierda —murmuro a veces, sin voz, solo pensándolo.

He dejado de esperar que se despejen las nubes. Antes lo hacía. Antes miraba al cielo con esa ingenuidad casi infantil, como si en cualquier momento fuera a aparecer algo capaz de disipar toda esta tormenta. Pero ya no. Ahora miro por inercia. Miro sin ver. Porque se que, al final, acabaré encerrándose en sí misma, en el mismo punto que estoy ahora. Y quizá sea lo correcto.

En ese lugar donde viven todas las cosas que nunca ocurrieron.

Historias imaginadas. Conversaciones que nunca existieron. Momentos que solo habían sido posibles en su mente. Porque en la realidad… no había pasado nada. Nunca hubo más.

Y aun así, todo me lleva a ti.

Cada rincón. Cada gesto. Cada silencio.

¿Dónde mirar cuando todo tiene tu forma?

No llegan las llamadas. Ni los mensajes. Ni una palabra. Ni un gesto de afecto.

Nada.

Y, sin embargo, sigo aferrándome  a esa posibilidad absurda, cruel. A ese “¿y si…?”. Porque en mi esperanza existen tantas versiones posibles de lo que podría ser… que me atropellan una y otra vez.

Y así vivo. En bucle.

Día tras día.

No entiendo cómo puedo sostenerme en ese estado. Cómo es posible levantarse a diario estando completamente resquebrajada. Funciono  por inercia. Como un cuerpo que se niega a morir aunque todo dentro esté en ruinas.

Por si acaso.

Por si un día…llegas.

Y no hay nada que me anestesie. Nada que me saque de ahí. Solo ese dolor constante en el pecho, apretando, cerrando el aire, nublando el pensamiento.

A veces no puedo respirar.
A veces no puedo pensar.
No puedo avanzar.

Entonces hago lo único que se hacer: inventar, disociar.

Invento una vida plena. Una vida en la que todo lo que faltaba estaba presente. Donde ese “salvavidas” que durante tanto tiempo me ha mantenido a flote sigue existiendo.

Pero….Todo aquello era irreal. Nunca pudo existir. Nunca podría existir.

Y ahí estaba otra vez, esa imagen, esos sonidos.

Y eso era lo que la destrozaba de verdad.

Porque tú sí eres real.

Y si algo es real… existe la posibilidad.

Una posibilidad que no depende de mi.

Y esa posibilidad —tan mínima, tan lejana— es suficiente para arrastrarme a los infiernos una y otra vez. Porque no ocurre. Porque no llega. Porque no existe… aunque pudiera existir.

Y ya no puedo refugiarme en la disociación. Ya no funciona.

Porque estás ahí. En el mundo. Existiendo.

Y eso lo cambiaba todo.

—Tras la tormenta llega la calma… —me han dicho tantas veces.

Pero esta tormenta no termina nunca.

No tiene final.

Y aquello de “disfrutar de la vida” sonaba casi a burla. Sí, hay momentos. Días en los que hay que ocuparse de otras cosas que llenan y por un rato, mi alma descansa. Un rayo de sol, una risa fugaz, un segundo de ligereza.

Pero son eso: instantes.

Y después vuelve el silencio.

Horas largas. Pesadas. Densas.

El vacío.

Y ese pensamiento constante:

“No puedo darte todo lo que hay aquí.”

Esa intensidad, esa vida… atrapados sin destino.

Y mientras tanto, el mismo sol que iluminaba el mundo parece quemarme por dentro. Porque le recordaba algo inevitable:

Todo se acaba.

La vida se acaba.

Aun así, mi alma no se rinde del todo.

Siempre deja una pequeña luz. Una rendija. Un lugar abierto entre las nubes.

Por si algún día llegas.

Aunque fuera solo un momento.

Aunque después todo volviera a inundarse.

No soy cobarde.

Solo… que no soy inquebrantable.

Descarte

Soy capaz de recorrer muchos kilómetros por alguien en quien creo.
Por alguien a quien quiero.
Y yo creo en ti.
Y te quiero a ti.

La distancia no es solo espacio: es desgaste. Rompe, cansa, desespera. Puede soportarse cuando merece la pena, cuando es compartida. Pero cuando solo uno sostiene el hilo, cuando el otro no tira, el fuego se apaga. Y si no se aviva, acaba muriendo.

Eso es lo que más me entristece.
Porque si supieras —o quizá debería decir, si quisieras saber— lo que podríamos darnos, lo que podríamos llegar a ser…

Te veo incluso a través de todo lo que te rodea. A través de tus cargas, de tus problemas, de los sacrificios que haces por quien no siempre los merece. Por todo eso, lucharía por ti aunque estuvieras al otro lado del mundo.

Hemos pasado tanto tiempo juntos en la lejanía que ya nos reconocemos en las palabras. En las frases que repetimos sin darnos cuenta. En esos diálogos que parecen propios, casi privados. No es una ilusión mía: se nota cuando hablamos. Quien nos escucha lo percibe. No sé cuánto valoras eso, pero tiene un valor incalculable.

Nos entendemos.
O al menos yo te entiendo cuando hablas.

Vi lo que me transmitiste desde el principio, la primera vez que te miré a los ojos. Eso no se puede fingir. Los microgestos no mienten, solo hablan para quien sabe observarlos.

Pero te detiene tu plan de vida. Tu manera de entender el camino. Crees que no hay otro, o que no puede convivir con nada más. No sé cuál de las dos ideas duele más. Porque negarse a mirar es cerrar puertas. Y aunque sea legítimo, también hiere. Sé que no deseas dañar a nadie. Aun así, el daño existe.

Y pese a todo, no puedes evitar que te vea. Que te piense. Que te quiera.
Incluso sabiendo que no llegaremos a nada.

No creo que me eches de menos. Y sin embargo, llega un punto en el que estás presente casi todo el día. Sin buscarlo. Sin llamarte. Pienso en lo que te gustaría, en lo que disfrutarías. Veo lugares donde podrías estar, personas que se parecen a ti, y durante un segundo espero que se giren y seas tú.

Hemos compartido tantas horas… Me has contado tanto de ti, de tu historia, de tu vida, que te veo en mil sitios que nunca has pisado y que quizá nunca pises.

Porque, a pesar de todo, me descartas.
Soy consciente de ello. No soy —ni fui— una opción para ti. Tal vez algún día comprenda por qué. Pero lo sé. Sé que cuando decidas compartir tu vida con alguien, no seré yo. Y aun así, me alegraré por ti. De verdad. Y más aún por ella.

Yo seré esa amiga lejana. La que siempre está. La que escucha sin juzgar. La que pregunta por ti, por los tuyos, por tus problemas, por tus fechas importantes.

Y mientras tanto, me descubro mirando a otros y pensando que no es igual. Que me gusta más cuando lo dices tú. Que no me hacen sentir lo mismo. Sonrío cuando me escribes, aunque no digas nada importante, y me recuerdo a mí misma que debo mantener opciones abiertas, porque tú no me quieres para ti.

Pero mi amor se resiste.
Se niega a olvidarte. A soltar tu risa, tu voz, tu mirada. Tu forma firme de hablar. Todo aquello que dices desear y que se parece tanto a lo que yo deseo.

Temo el día en que me convenza de no buscarte más. Porque creo que tú no me buscarías. No por falta de aprecio, sino porque nunca te falta compañía.

Y aun así, si alguna vez quisieras elegirnos, verías que no habrá nadie que te quiera como yo.
Nadie que te conceda tanta libertad para ser tú mismo.
Nadie que respete tus decisiones, incluso cuando le duelan.
Nadie que espere tanto sin reclamar.
Nadie que quiera tocarte el alma y fundirla con la suya hasta que no existan distancias ni circunstancias capaces de separar.
Nadie que confíe así.
Nadie que entregue tanto sin exigir nada a cambio.
Nadie que hable con esta desnudez.

Pero no sabrás nada de esto. Porque no quieres mirar. Y cuando no se quiere mirar, da igual lo grande que sea el cartel o lo clara que sea la verdad: se pasa de largo.

Y tú, a mí, no me miras.

Aun así, aun siendo un descarte, agradezco el lugar que me permites ocupar en tu vida, sea el que sea. Aprovecharé cada instante. No creo que sepa negarme nunca a ti.

Aunque yo sea un descarte.

Sueño compartido

Se acostaron sin promesas, cada uno en su propia noche.
La ropa aún cargaba el peso del día —el polvo de las horas, las palabras no dichas, las renuncias pequeñas— y el silencio se extendía entre ambos como un territorio inmenso. No compartían habitación, ni ciudad quizá. Solo el mismo instante. Esa franja frágil del tiempo en la que dos conciencias, sin saberlo, pueden rozarse.

Cuando él cerró los ojos, el sueño no llegó como una caída, sino como una suspensión. No estaba del todo dormido ni plenamente despierto. Era un estado intermedio, una deriva suave en la que el cuerpo descansaba mientras algo más se activaba. Allí, sin tránsito ni mapas, quedó entrelazado.

En ese espacio sin coordenadas, la distancia dejó de comportarse como una barrera. Los cuerpos no se tocaban —no podían— y, aun así, se sentían. Cada respiración de ella, en algún lugar lejano, provocaba una corriente tibia en su pecho. Cada pensamiento de él despertaba en la piel de ella un temblor inexplicable, como si el aire a su alrededor hubiera cambiado de densidad.

Como partículas hermanas separadas por kilómetros de mundo, reaccionaban a distancia. Bastaba que ella sonriera en la penumbra de su propia habitación para que a él se le tensaran las manos, sin saber por qué. Bastaba que él deseara —sin formularlo, sin nombre— para que a ella se le erizara la espalda, como si alguien hubiera pronunciado su nombre en voz baja.

No hubo prisa.
El deseo no necesitó cercanía para existir. Se propagó despacio, como una ecuación resuelta en susurros, una verdad que no exigía demostración. Miradas que no miraban, labios que no rozaban, calor que crecía sin permiso, atravesando paredes, ciudades, husos horarios.

Él soñó que la conocía desde antes del tiempo, desde un lugar donde la materia aún no imponía límites. Ella soñó que lo esperaba desde siempre, con la calma de quien intuye que lo esencial no se retrasa, solo encuentra su forma.

En ese cruce invisible, el placer no fue un acto, sino una idea compartida. Una vibración común. Una certeza íntima: lo que sentía uno, lo sentía el otro, aun separados por la geografía y el silencio.

Cuando el sueño comenzó a disiparse, el mundo regresó con lentitud, como si también dudara en interrumpir algo delicado. Al despertar, seguían lejos. Cada uno en su espacio intacto. Pero algo había cambiado. Una cercanía nueva habitaba ahora la distancia.

Él abrió los ojos.
Ella respiraba distinto.

No hablaron. No hizo falta.
Algunas experiencias no buscan ser explicadas, solo reconocidas.

El sueño había colapsado la posibilidad en realidad, dejando una huella tibia entre ambos, tendida a través del vacío, como un hilo invisible. Como si el universo, cómplice y discreto, hubiera guiñado un ojo… y luego se hubiera retirado en silencio.

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Reaprender a perderte

Estaba tan segura dentro de mi disociación.
No porque no doliera, sino porque incluso el dolor tenía límites.
Había imprevistos, desgracias, malestares, rechazos y abandonos,
pero siempre existía alguien que me reconfortaba,
alguien que me cuidaba,
alguien que me amaba exactamente como yo necesitaba ser amada.

Hasta cierto punto me sentía profundamente acompañada.
Mis personajes no huían, no dudaban, no se cansaban.
Con ellos el amor era comprensible, moldeable, completo.
Me entendían en lo luminoso y en lo oscuro,
y yo estaba a salvo.
Siempre protegida.

Durante mucho tiempo no pude creer que aquello solo pudiera existir en mi mente.
Pensé que debía haber algo así fuera,
algo igual de real.
Y cuando me atreví a salir,
entendí lo reconfortante que es una burbuja
en la que decides quién te hiere,
cuándo
y de qué manera.

Fuera me tropecé con muchos.
Y entonces apareciste tú,
no para salvarme,
sino para recordarme lo que duele sentir.

Me recordaste lo que cuesta amar de verdad
y dejar ir lo que no es para nosotros,
aunque lo queramos.
Por puro amor.
Y joder,
cómo revienta,
cómo duele.

Me recordaste lo que es sentirse deseada
y después desaparecer sin más,
como si nada hubiera pasado,
como si nada importara,
porque estamos ocupados,
porque la vida aprieta,
porque nadie quiere explicar demasiado.

Conmigo misma siempre hubo alguien que entendía el amor
como yo lo siento.
Lo sentí por ti,
como antes por otros,
pero tú me devolviste una verdad distinta:
solo fui un instante.
Y ese instante fue suficiente.

Suficiente para saciar un momento,
para disfrutarlo,
y después dejarlo atrás
por miedo a que se convierta en algo más.
Por miedo a tener que entregar
más de un veinte por ciento de nosotros.

O porque quizá solo tuvo importancia para mi.

Me recordaste que la distancia no existe
cuando se prende un fuego.
Que hay días que pasan en un minuto
y minutos que se convierten en días
esperando,
solo para verte pasar de puntillas.

Me recordaste lo que es
reaprender a quererte
para luego
reaprender
a tener que perderte.

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La incógnita

Dime si debo seguir esperando o si en silencio ya te he perdido.

Te escuché incluso cuando dudaste de mí.

Callé verdades por miedo a romperte, a rompernos a los dos antes de nacer, pensé que el tiempo hablaría por los dos, pero el tiempo no avisa cuando empieza a doler y parece que se está acabando antes de lo que podría pensar.

Dime si se acabaron las posibilidades o si queda una rendija de luz.

No es tu intención, lo sé, pero esta incógnita me está destruyendo.

Vivo entre el sí y el no, entre quedarme o huir de ti, dime si aún hay un camino

o si ya no debo seguir.

Me estoy convenciendo, poco a poco, que todo ocurrió en mi cabeza, emociones intensas nacidas por ti.

Pero tus gestos de deseo eran reales, esa mirada era real y me desvela, no quiero dejar de intentarlo, no soy de las que se rinden fácilmente.

No te culpo por no sentir igual, soy yo por no saber parar, por tener otra forma de amar.

Dime si se acabaron las posibilidades o si queda una rendija de luz.

No es tu intención, lo sé, pero esta incógnita me está destruyendo.

Vivo entre el sí y el no, entre quedarme o huir de ti, dime si aún hay un camino o si ya no debo seguir.

Si tengo que irme, dímelo claro, si tengo que quedarme, también.

Prefiero una verdad que duela a este vacío que no sé leer.

No me dejes suspendida en el aire, no me dejes sola decidiendo por los dos, porque amar sin respuesta también rompe el corazón.

Dime si se acabaron las posibilidades o si aún piensas en mí.

No es tu intención, lo sé, pero esta incógnita me está destruyendo aquí.

Si ya no soy tu lugar, déjame aprender a partir,

pero si aún queda un latido…

dímelo, no me dejes seguir muriendo así.

Dime…si debo seguir esperando o si ya te he perdido.

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¿Dónde estás?

Dicen que el infierno arde…pero nadie te cuenta cómo quema esperar a alguien
que ya vive dentro de ti.
El fuego de ese infierno que dicen que existe se parece a esta espera constante que me resiste, a este nudo en el pecho cuando no te veo venir, cuando el tiempo se alarga y me olvido de dormir.

Ardo lento, sin llamas, sin gritos, sin señal, solo el eco de tu nombre rebotando en mi moral.
No es castigo divino, es humano y real, es amar a destiempo, es perder el control mental.

Me acerco al borde solo por notar tu calor, porque cuando te acercas se me calma el dolor.
No es necesario que me toques siquiera, solo dime que estás, que en esta guerra interna eso ya es paz.
Y corro tras lo bueno aunque me cueste la vida, la existencia se ríe, me lo muestra y lo quita.
Como zanahoria y palo, promesa maldita, me hace perderlo todo mientras sigo la pista.

Y me pierdo a mí misma por no perderte a ti, dime si ves lo que duele cuando callo así.
Sigo esperando el momento de verte venir, aunque el fuego me diga que aquí voy a morir.
Maldita existencia, siempre el mismo guion, me enseñas algo puro y después desaparece.
Me das fe, me das luz, me das una razón y luego la alejas como prueba de Dios.

Persigo lo verdadero con los pies llenos de miedo, sé que cuanto más corro más lejos me quedo.
Y en el reflejo del daño voy perdiendo el credo, ya no sé si te busco o si huyo de mí misma.

Me prometí mil veces no cruzar este umbral, pero tu voz me desarma, me vuelve animal.
No es obsesión, es hambre de algo real, de sentir que este caos tiene algo vital.
Y corro tras lo bueno aunque me cueste la vida, la existencia se ríe, me lo muestra y lo quita.
Como zanahoria y palo, promesa maldita, me hace perderlo todo mientras sigo la pista.

Y me pierdo a mí misma por no perderte a ti, dime si ves lo que duele cuando callo así.
Sigo esperando el momento de verte venir, aunque el fuego me diga que aquí voy a morir.
Quisiera tener la clave, el código, el ritual para unir tu alma a la mía de forma ancestral.
No solo piel con piel, no solo lo carnal, algo eterno, algo más allá del bien y el mal.

Que no exista el deseo mirando a otro lugar, ni la curiosidad que te quiera llevar.
No por celos vacíos ni por dominar, sino por miedo a perder lo que me hace respirar.

Sé que suena egoísta, sé que suena fatal, pero el amor también muerde cuando es visceral.
No quiero jaulas, ni promesas de sal, solo que elijas quedarte sin tener que mirar atrás.
Si el infierno existe, lo llevo en la voz, cada vez que te nombro y no estamos los dos.
Si el cielo responde, que lo haga hoy, que me diga si esperar tiene algún valor.
Tal vez amar no sea poseer ni atar, tal vez sea aguantar sin dejarse quemar.
Pero dime tú cómo se aprende a soltar cuando lo único cierto eres tú y nada más.

Sigo aquí, incompleta, pero aún de pie, con el fuego en el pecho y fe en la piel.
Si algún día te acercas sabré entender si este infierno era prueba… o solo aprender.
Porque a veces el castigo no es perder a alguien, sino encontrarse a uno mismo
demasiado tarde.

No abandonaré

Sigo aquí.
Día tras día, situación tras situación.
Permanezco porque quizá, sin saberlo, estamos trazando el mismo camino.

En mi mochila solo hay ausencia: la que nunca llenaste.
Aun así, persiste el anhelo de que algún día ocurra.

Las experiencias —y las personas— enseñan.
A veces, sobre todo, enseñan aquello que no queremos repetir.

Nunca dejé de creer en ti.
Por eso no puedo evitar buscarte, a destellos, en algunas miradas ajenas.

La belleza vive en lo simple:
en lo familiar, en la confianza, en no juzgar,
en aceptar, en estar… incluso cuando no hace falta decir nada.

Intenté hallar en mi pasado una historia que se pareciera a ti,
para convencerme de que, en algún momento, te tuve.
Pero no estabas allí.

Sigo aquí para ofrecer más de lo que se espera dar.
Esperarte exige mucha fantasía;
por ahora, es el único recurso disponible.

A veces parece que apareces,
pero cuando la intimidad se esquiva y la unión no llega,
la luz se enciende
y la realidad se deja ver.

El día que me pidas que me quede,
descubrirás
que ya estaba aquí.

Curso Cuidado, mantenimiento y adiestramiento de aves rapaces en cautividad

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  • Características y anatomía de las aves rapaces
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  • Nomenclatura básica

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