Se acostaron sin promesas, cada uno en su propia noche.La ropa aún cargaba el peso del día —el polvo de las horas, las palabras no dichas, las renuncias pequeñas— y el silencio se extendía entre ambos como un territorio inmenso. No compartían habitación, ni ciudad quizá. Solo el mismo instante. Esa franja frágil del tiempoSigue leyendo «Sueño compartido»